Hogar CRECER: Aniversario del retorno a la democracia - II
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Cutral Có, Neuquén, Argentina

30.11.09

Aniversario del retorno a la democracia - II




En 1980, luego de una ronda de consultas con dirigentes políticos, el General Galtieri dijo:"Estamos dialogando, pero las urnas están bien guardadas". Alfonsín le respondió enseguida: "Que les vaya pasando el plumero porque las llenaremos de votos".



Raúl Alfonsín (Chascomús, 12 de marzo de 1927 - Buenos Aires 31 de marzo del 2009) ganó en las urnas una Presidencia usurpada durante siete años por la dictadura militar (1976-83). Ese día, el 30 de octubre de 1983, el triunfo de la Unión Cívica Radical (UCR), encarnado en el candidato Raúl Ricardo Alfonsín, se convirtió en patrimonio nacional.

Tres hechos definen la personalidad y la trayectoria de este abogado y político que ganó las elecciones en 1983 y tuvo que hacerse cargo de un país arrasado económica y moralmente. En plena dictadura militar, Alfonsín ayudó a fundar la Asamblea Permanente en Defensa de los Derechos Humanos y se hizo cargo de multitud de casos de desaparecidos. Él fue también uno de los poquísimos políticos argentinos que en 1982, en medio de la euforia general por la "recuperación" de las Malvinas, se negó a participar en un acto "patriótico" organizado por los militares en las islas. Para él, aquella guerra fue "una aventura demencial".

A lo largo de todo su Gobierno Alfonsín ejerció de equilibrista entre el fuego callado de unas Fuerzas Armadas que se resistían a someterse a la democracia y el grito desgarrado de millares de personas que buscaban con vida a sus familiares desparecidos por el régimen. Sus primeras medidas al llegar al Gobierno, con el 51,7 por ciento de los votos fueron dictar dos decretos para sentar en el banquillo de los acusados a los integrantes de las Juntas Militares y a los guerrilleros Montoneros y del Erp (Ejército Revolucionario del Pueblo).

En simultáneo ordenó la creación de la CONADEP - Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por el escritor Ernesto Sábato, que elaboró el impresionante informe NUNCA MAS. Gracias a aquel trabajo, el presidente de Argentina, en un hecho inédito no solo en América Latina, sino también en el resto del mundo, acusó formalmente a quince altos mandos de las Fuerzas Armadas por los crímenes cometidos y los miles de “desaparecidos”.












A ese juicio sin precedentes algunos lo bautizaron como “el Nurenberg argentino”. Pero, como Alfonsín mismo gustaba de precisar, “acá fue distinto, argentinos juzgaron a argentinos”. Además, el Juicio a las Juntas se realizó en la justicia ordinaria, la de todos los habitantes, mientras que en Nurenberg fue un Tribunal Militar Internacional.

Como consecuencia de aquel proceso los dos emblemas de la dictadura, el General Jorge Rafael Videla y el comandante Emilio Eduardo Massera, fueron condenados a ´reclusión y prisión perpetua, respectivamente. El resto de los integrantes de las tres primeras juntas militares recibieron penas de entre cuatro y diecisiete años.

La presión de los militares lo puso entre la espada de la justicia y la pared de la democracia permanentemente. Forzado por las circunstancias dictó las leyes de Obediencia Debida y de Punto y Final. La primera eximía de responsabilidad penal del terrorismo de Estado a oficiales de menor rango, y la última fijaba una fecha límite para presentar denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. Años después, tras ser anuladas, reconocería en entrevista a ABC: “entonces eran necesarias, hoy no. Yo también las habría anulado”.

La amenaza de un golpe de Estado le persiguió hasta el último día de su Gobierno. Alfonsín, rebautizado como "el padre de la democracia", tuvo que sofocar dos asonadas protagonizadas por los “carapintadas”, jóvenes oficiales con los rostros embadurnados de betún y vestidos de campaña. El teniente coronel Aldo Rico, comandó el levantamiento de Semana Santa de 1987 que puso de manifiesto la desobediencia de las FFAA al jefe del Estado. La frase, “La casa está en orden. Felices Pascuas”, pronunciada por Alfonsín en la Plaza de Mayo, se transformó en una ironía en una Argentina que no terminaba de convencerse, con motivos, de que la libertad no tenía marcha atrás. El segundo alzamiento, en diciembre de 1988, encabezado por el coronel Mohamed Ali Seineldín, volvió a provocar un temblor en los cimientos de la incipiente democracia.

Al mes siguiente, por si la presión de los militares fuera poca, un comando guerrillero del Movimiento Todos por la Patria (MTP), tomó por asalto el cuartel de La Tablada. Enrique Gorriarán Merlo, asesino del dictador nicaragüense Anastasio Somoza, dirigió la operación desde la periferia de la unidad militar. El golpe terrorista se sofocó pero dejó un saldo cercano al medio centenar de muertos y una leyenda oscura sobre lo sucedido.

El primer gobierno de la democracia tenía frentes abiertos en todas partes. Sus mayores errores, sin embargo, se produjeron en el área económica, Alfonsín intentó, sin éxito, poner freno a una inflación galopante, una dura crisis se sumó al lastimoso estado de la industria que había heredado de la dictadura. Agobiado por la hiperinflación, por el permanente acoso de los peronistas y de los sindicatos, que sacaron a la calle a los ciudadanos y le organizaron trece huelgas generales (cuando no habían convocado ninguna durante la dictadura), y una cadena de saqueos a supermercados, Alfonsín entregó el poder cinco meses antes de acabar su mandato al peronista Carlos Menem.

El 8 de julio de 1989 anunciaba: "Mi conciencia exige que intente atemperar los sacrificios del pueblo mediante el mío personal, sin provocar demoras que puedan entorpecer la transición entre dos gobiernos igualmente democráticos…”
Censurado hasta su muerte por esta decisión, Alfonsín se enrabietaba en una de sus entrevistas con ABC, “lo hice de acuerdo con Menem pero luego, para mi sorpresa, él me criticó”.
Menem, luego indultó a los dictadores condenados en el Juicio a las Juntas.

Alfonsín, el único presidente de esta continuidad democrática argentina que no ha tenido que vérselas en los tribunales por acusaciones de corrupción, recibió en los últimos años de su vida el respeto de casi todas las facciones políticas, que le reconocieron finalmente su enorme tarea para asentar la democracia en momentos muy difíciles, y su extraordinaria honradez personal.
Pieza indispensable en el tablero de la política argentina, nadie puede ignorar que la CONADEP y el juicio a las Juntas Militares se hicieron durante su gobierno, cuando todavía había ruido de sables en Argentina.

Ya enfermo, la presidenta Cristina Fernández, tuvo un gesto final de reconocimiento. En octubre presidió una ceremonia de homenaje para que su busto pasara a formar parte del salón de la Casa Rosada donde se exhiben los de otros presidentes.

"Lo voté, luego lo critiqué y ahora me arrepiento". La frase de muchas personas entre los miles que expresaron su homenaje a Alfonsín, refleja que, pese a los errores, el ex presidente es en la memoria de los ciudadanos el símbolo de la democracia y la honradez política.

"No se ha resaltado suficientemente que Raúl Alfonsín, el político más importante de la democracia argentina, fue un hombre de consenso, que estimaba por encima de todo la defensa de la democracia y el diálogo", explica Joaquín Morales Solá, uno de los comentaristas políticos más famosos y apreciados del país. Morales recuerda la frase de Alfonsín, "La política, cuando no es diálogo termina siendo violencia", como definitoria de su personalidad. "Su muerte", asegura Morales Solá, "quizás sirva para recordar que una sociedad no puede vivir permanentemente en la crispación y el enfrentamiento, como sucede ahora".

Alfonsín fue efectivamente un hombre de diálogo y de paz: promovió el decisivo tratado con Chile sobre el Canal Beagle y un decidido partidario de la unificación latinoamericana: fue uno de los creadores del Mercosur.

"La democracia", decía, "es un proyecto de largo plazo. No importa cómo me juzgue a mí la historia. Lo que importa es que haya ayudado a salvaguardar la democracia". Esa fue su obsesión.




Durante la rebelión militar de Semana Santa de 1987, que puso en zozobra al país y marcó la aparición de los "carapintada", Quino envió al Presidente Raúl Alfonsín esta serie de tres dibujos.

Quino ▽